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21.02.24

El canónigo lectoral, Antonio Llamas Vela, publica su Lectio Divina con motivo del inicio de la Cuaresma

VUELVETE SEÑOR, POR TU
MISERICORDIA (Sal 6, 5).
ANTONIO LLAMAS VELA
Canónigo Lectoral de la S. I. C.

CÓRDOBA 14 FEBRERO 2024

Dios cuida de la persona de todos los tiempos y la
alimenta con la bondad, la ternura, el afecto, la amistad y la paz. El
Señor libera a todos con la gratuidad de su generosidad y nos
salva. La salvación es un proceso continuo de las acciones del
Señor.
Dios vuelve una y otra vez su rostro sobre la
humanidad configurada por personas de todos los lugares del
planeta tierra. La persona es la criatura preferida por Dios que
auspicia siempre su libertad. La autonomía, el rescate, la
independencia de todo ser humano es la aventura diaria de Dios.
El Señor vuelve en sí mismo y contempla la obra de
sus manos, generando en todos, la compasión, la magnanimidad, la
sensibilidad y la simpatía. El semblante de Dios se refleja en la
persona de toda raza, pueblo, nación y lengua. Él libera de toda
impiedad y de todo mal. El Señor mismo proyecta la salvación,
como historia acontecida, porque su fidelidad es la garantía de
nuestra felicidad.
Hemos de hablar con Dios en su misterio de amor, a
fin de que acoja nuestras palabras y las reciba, porque ellas
contienen toda nuestra existencia. Nadie puede atribuirse ser
semejante a Dios, sería una falsedad de nuestra propia
incredulidad. El Señor conoce quiénes somos, donde nos dirigimos
y cuál es nuestro fin. El camino de la existencia recorre por sendas
unas veces tortuosas, otras llanas y sin dificultad, pero en
ocasiones encontramos escollos difíciles de superar. Acudimos al
Señor para que allane nuestros senderos y nos guíe por los
caminos de la paz y de la justicia.
La oración nos lleva de la mano a la Palabra divina.
Los orantes de Israel nos dejaron una obra maravillosa, aquella de
los salmos que son canciones llenos de notas sublimes que nos
introducen en la intimidad del mismo Dios. El mismo Señor nos
capacita para la lectura de manera que no nos desviemos del
camino de esta canción plena de Dios y su Palabra.
El dinamismo y la fuerza divina es sublime, dinámica,
el Señor se vuelve una y otra vez, contemplando la obra de sus
manos y nos salva por su fidelidad a todos los seres humanos, de
ayer, de hoy y de siempre.


1. LA LECTURA
Esta súplica es la experiencia de los orantes que se
reúnen en comunidad, para leer, meditar y orar con la Palabra
divina. La lectura no puede tener dificultades. Si las hay, hemos de
estar atentos a la Palabra. Dios mismo es el que habla.
El autor pone por escrito las realidades que ha
experimentado con el Señor y la comunidad. Los hebreos llaman al
libro de los Salmos, el libro de los orantes de Israel. Son textos y
oraciones experimentadas y expresadas por los creyentes judíos
que fueron asumidos por los cristianos, como un libro perteneciente
al Antiguo Testamento. Dicho libro se usa en comunidades
cristianas, en las celebraciones litúrgicas, y sobre todo, en el oficio
divino. Los cristianos repiten un verso del salmo que cada día se
proclama en la Eucaristía y en el rezo de la liturgia de las horas y en
los distintos sacramentos.

Jesús, el Cristo, Palabra viva de Dios, recitaba
diariamente algún salmo que le unía con el Espíritu que le ungió
como Mesías. Esta oración es una verdadera profesión de fe en el
amor de Dios, como el salmista indica al final: ¡Queden agraviados,
confusos mis enemigos, retrocedan de inmediato, cubiertos de
vergüenza! (v. 11).
Sugerimos leer reiteradamente el salmo, hasta que
nos apropiemos de él, como si esta preciosa oración fuera nuestra
de manera exclusiva. Así podemos sintonizar con el Dios de la
Palabra, nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Esta súplica contiene
una experiencia sublime de Dios, al que rogamos: Vuélvete, Señor
por tu misericordia.
Enseguida mencionamos los componentes literarios
de esta preciosa oración, porque ella misma constituye un mosaico
maravilloso de cómo ha de ser vida personal y comunitaria con
Dios, Señor nuestro. Dios se siente forzado a intervenir, como
indica el verso sexto.
El verbo volver aparece setecientas noventa y dos
veces en el Antiguo Testamento. Los significados de este verbo son
variados. Volver es igual a convertirse y es semejante a cambiarse,
transformarse, transfigurar, regenerar, reformar. Esta riqueza
literaria de nuestra lengua española tiene gran importancia y
conduce al lector a momentos intensos, porque si leemos con
sentido cristiano esta bella oración, estamos llamados a la
conversión personal y comunitaria.
El salmista, inspirado por el Espíritu divino propuso al
mismo Señor, como quien realiza en todos la obra de la conversión,
con los significados varios del verbo hebreo. El salmo está cuajado
de intensidad, porque repite la frecuencia: Dios, yo, ellos. Esta
oración juega con los verbos en modo imperativo: vuélvete,
conviértete, líbrame, sálvame.
Esta preciosa oración expresada en este salmo, es
como el libro de los pobres de la tierra, los desventurados, tantas
veces llenos de infortunios y desdichas. Son los marginados de este
mundo. Por eso, los autores que comentan esta bellísima oración,
nos sugieren y manifiestan que se trata del libro de oración de los
pobres de la tierra. Ellos son los marginados, burlados y
perseguidos. Los pobres están destinados siempre a la intemperie;
pareciera que no son personas y son los preferidos de Dios ahora y
siempre. Dios mismo se hizo pobre para enriquecernos con su
pobreza (2 Cor 8, 9).

Esta oración se centrar en el sufrimiento físico, la
angustia y la excitación del alma. El síntoma de la enfermedad es
genérica, porque la intención del orante conlleva el riesgo de la
muerte, un posibilidad frecuente en la realidad humana.

El yo de este salmo (Sal 6) es muy conocido, más
oscuros son los enemigos que aparecen al final de esta oración (Sal
6, 8. 9. 11). La fidelidad divina es dinámica, porque Dios vuelve; es
decir, pareciera que Dios mismo necesitara convertirse, cuando el
sujeto de la conversión es la persona de todos los tiempos. El ser
humano se siente liberado y salvado por la fidelidad divina.

Este Salmo hemos de leerlo reiteradamente para ser
conocido y asumido por nuestra mente y guardado en el corazón,
para que inunde nuestros sentimientos y estos afloren en nuestra
vida, aportando ánimo, fuerza y serenidad, para no ahogar nuestro
espíritu.
El yo del Salmo es muy conocido, más oscuro es el
plural ellos, es decir, los enemigos que aparecen al final (vv. 8. 9.
11). El enemigo por excelencia es la enfermedad y la muerte.
Indirectamente es el pecado, según la teoría de la retribución. Aquí
aparecen los malhechores a los que el orante fustiga.
Los malhechores encarnan a los que aprovechan la
desolación del orante, logrando su aflicción, y lanzan su aguijón
contra la fe. Al que sufre le dicen: ¿Dónde está tu Dios? (Sal 42, 4,
11). Estos enemigos pueden ser los espectadores del mal. Porque
según la teoría de la retribución un enfermo era maldito,
incomunicado, contra el cual se podía proceder mediante la
confiscación de sus bienes (Sal 22, 19).
El salmo tiene tres pequeñas secciones. La primera es
una apertura: Señor, escucha mi palabra (v. 2). La segunda es una
oración que se desarrolla en tres pequeñas estrofas: el sufrimiento
psíquico (vv. 3-4), la súplica (vv. 5-6); un sufrimiento grave (vv. 7-8).
La tercera es un grito de victoria (vv. 9-11).

El objeto de nuestra lectura orante es una plegaria en el
salmo. Nos detenemos, en el verso sexto de este salmo.
Dios es la gran referencia del salmista o si preferimos
del orante, que se dirige a Dios para suscitar una respuesta en la
comunidad orante. Dios, ni torna, ni se muda, ni se vuelve, ni se
convierte. Este es el lenguaje de las personas. Sería una necedad
plena y manifiesta. Volver, mudarse, tornar, convertirse es propio de
las personas creyentes.
La gran tarea del cristiano es sentir su existencia como
una continua conversión a Dios, es decir, desandar el camino
iniciado, retroceder para encontrar la senda de la vida, aquella de la
justicia, del bien, del amor y del servicio. Lo demás carecerá de
sentido, si no tiende a Dios como su fin inmediato y constante.

Es cierto que el salmista tiene presente el simbolismo
antropológico, simplificado en la sencillez y en la pobreza. El orante
parece iniciar con el furor, para revelar las exigencias de la justicia
de Dios que nunca tolera la iniquidad y las violaciones del derecho
de toda persona: No me ocultes tu rostro. No rechaces con ira a tu
siervo, que tú eres mi auxilio. No me abandones, no me dejes, Dios
de mi salvación (Sal 27, 9).
El verbo volver (sûb), es un verbo espacial e indica
una vuelta sobre la pista del desierto de la vida, donde muchos se
sienten marginados y engañados, como revela la parábola del hijo
pródigo (Lc 15, 11-32).

Los orantes ruegan a Dios, su conversión, y que su
rostro resplandezca, irradiando eternidad, pero entreviendo la
brevedad de la vida humana. Pero Dios nunca se muda, la
paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta sólo Dios
basta, como decía Sta. Teresa de Jesús.
2. LA MEDITACIÓN
Volver sobre los pasos dados es transitar de nuevo el
camino de nuestra vida. Esa es la tarea de esta meditación que ha
de ser una concentración, ante la presencia de Dios en su Palabra.
Esta tarea no es solo reflexionar sobre nuestra existencia, sino
observar qué actitudes, vivencias y enmiendas nos aplicamos.

Todas estas acciones deben redundar en nuestra vivencia de cara a
Dios y a los hermanos.
La conversión no es solo obra nuestra, sino del
Espíritu divino que insufla en todos la necesidad de transformación
en nuestra vida. Dicha acción nos es dada por el Espíritu divino que
nos mueve para el bien, lo bello, lo que Dios observa con agrado, a
fin de que la persona cambie en sus actitudes. Convertirse es creer
en la Palabra dada como Evangelio de Dios.

Todos estamos llamados a la conversión desde la fe.
Esta consiste en salir al encuentro del Señor que nos libera para el
bien, es decir, aquello que nos transforma, para amar a los
hermanos que conviven junto a nosotros. Somos hijos de Dios y
hermanos de todos los hombres. La conversión es una llamada
auténtica del Señor que nos libera de todas las opresiones que
poseemos.
Este tiempo santo de cuaresma nos invita al perdón y
a la reconciliación afectiva y efectiva con el Señor, pero también y
sobre todo, con todos los hermanos y hermanas que nos rodean. La
Cuaresma contiene días de oración, ayuno y penitencia. Todas
estas acciones deben impulsarnos a creer en el Evangelio, como
Buena Noticia de la salvación, cuyo portador es Jesucristo, el
Señor. La conversión efectiva, es el desarrollo auténtico del amor
de los unos hacia los otros.
Este verso nos impulsa como llamada a una
intervención de Dios en nosotros. Dios es liberador y se expresa
mediante tres verbos (Vuélvete, libérame, sálvame). El primero es el
término mismo de la conversión de Dios que pasa de la justicia al
perdón. Se trata del verbo convertirse. La conversión es cambiar de
actitudes en nuestra existencia, carcomida muchas veces de
miedos, de incertidumbres sin sentido, de impaciencias rotas por no
lograr metas propuestas. Convertirse es nacer de nuevo, no para
nosotros, sino para Dios. El Señor nos invita a nuevas metas donde
hemos de volver y desandar caminos, para roturar otros nuevos que
nos lleven al Seños y a su misterio. Se trata de un cambio radical de
actitud o actitudes
El arrepentimiento nos lleva a la penitencia, esto es
reconocernos como somos a la luz de la Palabra divina,
volviéndonos del camino emprendido, para enmendarnos de
nuestras actitudes, Todo ello supone un cambio de mentalidad,
volviendo a la justicia de Dios que da a cada uno lo suyo.

El segundo verbo es liberar, esto es, arrancar de una
opresión, dicha tiranía está recogida. El tercer verbo es salvar. Es
una motivación adoptada para lograr la liberación y no es la propia
inocencia o justicia, sino la justicia divina.

La fidelidad divina es dinámica, porque Dios vuelve y
libera, salva siempre por su lealtad. Esta es la verdadera síntesis de
todo cuanto expresa este verso del Salterio que nosotros estamos
explicitando. Nos hace falta la fe, una fidelidad sencilla ante Dios
que ilumina nuestra vida, transformándola en verdadera gracia de
encuentro con Él mismo y los hermanos que nos rodean.
El orante fiel es consecuente con la unión entre
pecado y enfermedad, entre culpa y juicio, y no puede recorrer solo
un camino de solución. Porque la pregunta del perdón, está unida a
la ternura misericordiosa del Dios de la Alianza que es el Señor de
la unidad y de la justicia. Dicho de otro modo, se trata de la
solidaridad que une a dos personas en virtud de un vínculo fraternal
que se torna familiar. Todo ello se refiere a Dios. La justicia es la
virtud por excelencia de la Alianza, y se llama fidelidad.
La lealtad con todas las personas de todos los tiempos,
es una verdadera interpretación de todos los elementos salvíficos
en la historia de Israel. El motivo de fondo, a través del cual, el
creyente (Sal 6, 5), atiende y espera la liberación, conlleva su
función principal porque ella es comunitaria. Y al mismo tiempo, es
el motivo de fondo, por el que el fiel de nuestro salmo, posee la
certeza en la solidaridad que lo une al Señor, como un familiar está
unido a su consanguíneo. La fidelidad de Dios es la garantía de la
salvación. Su justicia no conoce remordimientos y aparece bajo la
forma de perdón.
El perdón divino es la acción por antonomasia de la
ternura divina, cuajada de misterios de amor y de generosidad por
su criatura. Todos hemos de sentirnos inflamados de este afecto del
querer divino. Dios es en sí mismo, la ternura inquebrantable para
todos los tiempos. Todo ello hemos de realizarlo con amor que es el
perdón, la misericordia de Dios, la ternura, la paciencia, la donación,
darse a todos sin excepción.

Sentirnos liberados y perdonados nos mueve a hablar
con Dios y rogarle siempre, como un niño habla con su madre, que
consuela, alimenta, baña, lo rodea de cariño, de afecto sincero, de
amor siempre. El perdón de Dios no tiene fin. Él es infinito, nosotros
somos pobres personas y necesitamos de su amor para darnos a
los demás.

El dialogo con el Señor ha de ser sencillo, sincero y
veraz. Dios no puede engañar, ni engañarnos. Sería absurdo
mostrar un rostro distinto del que tenemos, porque Dios lo sabe
todo, hasta los más profundos pensamientos. Dios nos contempla y
nos observa tal cual somos, sin necesidad de que le supliquemos y
roguemos.
Hablar con Dios, el Señor de todos, con sencillez
humildad y verdad, porque Él sabe lo que anida en nuestro corazón
y en nuestra alma. Dialogar con el Señor, como un hombre o una
mujer habla con su compañera o compañero. Necesitamos a Dios
para nuestra vida, estamos llamados a hablar con él y a esta tarea
denominamos oración, plegaria, ruego. Él es el Señor.

3. LA ORACIÓN
Señor, vuélvete a nosotros pues tu misericordia se
acerca a nuestro corazón y en tu santo nombre confiamos. No
apartes de nosotros tu ternura, tu perdón, la fuerza inagotable de tu
amor, tu generosidad plena. Aparta de todos la maldad, el odio, la
envidia, la ausencia de amor. Haz que siempre y en todo momento
seamos generosos en el amor, fuertes en la paciencia, firmes en la
fe y confiados en tu infinita esperanza, como expresión de la fe que
has sembrado en todos.
Haznos dóciles a tu Espíritu, aquel que es Señor y dador
de vida. Auméntanos la fe que hace crecer hacia la amistad, la
confianza, la paz, el bien común y la justicia en todas nuestras
acciones y deseos. Fortalece nuestra conducta, condúcenos
siempre por la senda y los caminos de la paz.
Muchas veces olvidamos la caridad, la mesura, la paz y
la armonía en nuestras acciones y deseos. Revístenos de tu
fortaleza y tu templanza para afrontar los retos de la existencia.
Aquellos de la maldad, la falta de sinceridad, el mal que cada día
realizamos, que nos hacen incapaces de afrontar la verdad de cada
día. Los retos de nuestra propia historia deben ser reales y
verdaderos para garantizar en nosotros la paz, la armonía y la
verdad.
Danos más generosidad para perdonar. Así seremos
más libres y avanzaremos por las sendas de la verdad. Tu Palabra
es verdad, el camino de bien común es el amor, la justicia, la
honestidad y la ecuanimidad. Haznos dóciles a tu Espíritu,
generador de dones y carismas, de sabores del amor y de la
felicidad. Condúcenos hasta el Padre, cuya bondad nos iguala a
todos en la existencia y nos otorga el perdón, mediante tu Palabra
salvadora y liberadora.
Haz que aumentemos en generosidad, capaz de saciar
el hambre del mundo, la maledicencia, la envidia, el amor propio, el
egoísmo, el personalismo, la ambición, la voracidad, la tacañería y
nuestro propio interés. Ábrenos a la solidaridad, al amor entre
todos, al gozo de la unidad, a la alegría de la fraternidad y a los
gestos reales de la vida que se abre hacia horizontes que solo Tú
conoces, como Señor y dador de vida. Él da la delicadeza, la
cordialidad, la estima y la entrega, sobre todo, a los más pobres y
débiles. Haznos siempre sonreír, alentar, ayudar, colaborar, prestar
y asumir a todos.

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